Caja
Mi mundo es una caja. Mi ser rellena esa caja casi sin restricciones, y todo lo que pongo dentro hace que esa caja sea el mundo. Hay el crujir bullicioso del suelo de un bosque tupido, el recuerdo de un río que fue y ya no está, y la tristeza que eso conlleva. Caminar mucho sin rumbo certero. El sabor de la canela. Una biblioteca con libros infinitos. El dolor crónico de las vértebras lumbares. Cambiar de país para borrarlo todo y empezar de nuevo, como si la vida fuese un cuaderno de notas. Mis dibujos de líneas bobas y perspectivas erradas. Las palabras como la intimidad más profunda y secreta. Los materiales nobles: la madera, el papel, los pigmentos, el aceite.
En mi mundo hay mucho fuego. Energía vital. Miedo a no ser realmente parte de este ecosistema de vida. Furia contenida por lo que “debe ser”, nunca dejes salir tu barbarie. Agobio cuando hay mucha gente. Aburrimiento de tanto entretenimiento. Quiero que me dejen sola, que me dejen saltar al abismo si yo quiero.
Rejas. Rejas por todas partes. Agobio, cansancio. El peso de mi madre. Saber que me quiere y no puede. La intolerancia de los demás ante quien no obedece los mandatos. Mi propio llanto grabado en un cassette viejo y la imposibilidad de escucharlo. Conducir hasta la playa para que me moleste el viento y preferir no haber ido. El disgusto por el olor a humedad. Mi casa como refugio. Mi taller como laboratorio. La angustia por el vacío que sé inevitable, pero que aún no llegó. Preocupación por el dinero. Indiferencia por el lujo. Pinturas de todo tipo. Imágenes austeras.
Por fuera de mi mundo están todos los demás fenómenos que existen. Los que no puedo tocar, los que observo desde lejos como si la vida transcurriera detrás de un vidrio grueso. A veces escucho risas, motores, gente que sale sin miedo, planes que se mueven solos, aire que circula. Pero no siempre sé cómo entrar.
Mi mundo tiene la luz tenue de las mañanas lentas y el peso de las noches donde la mente no calla. Hay un animal pequeño adentro, vigilante. No ruge, respira. Sabe cuándo esconderse. Sabe cuándo morder. Se esconde casi siempre.
También hay belleza. Una belleza áspera. No la que brilla, sino la que persiste. El equilibrio extraño entre desear romperlo todo y cuidar las cosas como si fuesen frágiles reliquias. Aprender a no desaparecer. A sostenerme incluso cuando me vuelvo humo.
Mi mundo es una caja, sí. Una caja viva. Se expande y se contrae. Se llena de imágenes, sonidos, heridas viejas, amor torpe, deseo de calma, destellos de claridad y silencio. No es fácil habitarla. Pero es mía.
Es allí donde respiro.