Umbral mínimo
La experiencia del día es densa y opaca. No aparece como un sobresalto ni como interrupción, sino más bien como acumulación, como exceso. Vivimos con una tristeza difícil de precisar que se instala en el cuerpo como si le perteneciera, aunque no haya nacido ahí. Mis bosques arden —los de donde soy, los que anteceden a mi nombre, los que guardan la memoria de los originarios— y ese fuego no ocurre lejos: entra, se adhiere, altera el ritmo de la respiración. Aquello que pesa no viene de afuera; se forma en nosotros, como si la tierra hubiera encontrado en el cuerpo una manera de extender su grito.
No es paisaje ni metáfora. Es una voz compartida que atraviesa raíces, historia y desgaste, y que insiste incluso cuando intentamos mantener distancia. No pide consignas ni gestos excepcionales, sino atención sostenida: no apartarse, no delegar el cuidado, no confundir silencio con estabilidad. Esa voz no viene a tranquilizar; marca el punto en el que permanecer impasibles deja de ser una opción viable.
La paz como consigna no alcanza. No hablo de ideales, sino de un umbral mínimo de justicia y de cuidado sin el cual la vida se vuelve inviable. Alzar la voz no promete reparación ni siquiera consuelo; es una forma de permanecer presentes cuando la inercia empuja a retirarse, de responder a un grito que circula entre nosotros y nos incluye. Hay que asumirnos conscientes de que el silencio es el alimento del fuego.