Unas rosas
Había una puerta medio desvencijada, y unas rosas bellas y vitales plantadas en un balde que había sido el contenedor de la pintura que ahora era color en la fachada. Esas rosas hacían tan evidente que algún alma habitaba esa pobreza, que no pude más que ver a la virtud apoyarse, de perfil, en el respaldo de mi silla.
Me pregunté si el deseo está atado a lo posible, o si es posible desear más de lo que puede obtenerse. Porque mientras unos deciden el rumbo de mi descendencia, otros la alimentan con un exceso de conformidad.
Entonces me interrogo sobre mi propio lugar, y me apeno al reconocer que merecería un castigo. Y cuando empiezo a creer que comprendo algo de mis virtudes, soy inevitablemente arrastrada por el camino laico hacia la penitencia.